Poder, nobleza y mujeres en la Edad Media
Durante la Edad Media la nobleza estuvo directamente ocupada en la construcción del
poder, para perpetuarse y consolidarse en él. Los asesinatos cometidos por conveniencia
política, las guerras, las alianzas y los matrimonios son recursos frecuentes a los que la
nobleza ha recurrido estratégicamente, con el objetivo de obtener poder. Este poder lo
podemos traducir en tierras y hombres o, más específicamente, en servicio y
producción. La sucesión, la herencia y la condición de los herederos eran cuestiones que
interesaban y mucho a la nobleza en la cimentación del poder. Muchos buscaban
relacionarse con personas de sangre noble para asegurarse en esa condición,
recurriendo, para alcanzar tal fin, al matrimonio, al padrinazgo artificial y a los pactos.
El concubinato supo ser el recurso por el cual muchas mujeres se han unido en
matrimonio con reyes, pasando a integrar la casa nobiliaria y formando parte del linaje,
aunque sin legitimidad. El concubinato verdaderamente ha sido un recurso beneficioso
para la construcción de poder. Esto fue así gracias a que, por estas uniones, las mujeres
han podido instalar a sus hijos en el entramado político y en el linaje real. Por esta
razón, se han dado innumerables casos de pujas entre hijos bastardos y legítimos donde
los asesinatos, como dijimos al principio, son moneda corriente, por la carrera hacia el
poder. Parece ser que la unión en concubinato con reyes solo tenía como único fin
asegurarse la descendencia mediante la procreación, para conservar el poder. Por este
motivo, solemos conocer casos de uniones en concubinato que han dejado más de cinco
hijos. El concubinato era mal visto por la Iglesia Católica, quien jugaba un papel
fundamental en la sociedad medieval, por considerarlo un signo de la fornicación, la
mera procreación y no el amor propio del matrimonio. Esto significó una división entre
la institución y la nobleza. Al morir el rey, la concubina y la reina buscaban continuar el
linaje colocando a sus hijos en el trono. De todas formas, esto no fue sencillo de
conseguir para los que eran fruto de concubinato.
Beceiro Pita y Córdoba de la Llave (1990) nos dicen sobre la sucesión que, en la Edad
Media, principalmente en el reino de Castilla, donde tienen lugar los hechos narrados en
las fuentes objeto de análisis, solía darse el linaje agnático. Esto significa que la
sucesión se daba en forma descendiente, al modo dinástico. Estaba basado en un
antepasado común que integraba la genealogía. Defendía la primacía de la masculinidad
por sobre la primogenitura. A su vez, apostaba al matrimonio indisoluble, a la manera
cristiana (Beceiro Pita y Córdoba de la Llave, 1990: 36).
Concentrándonos en la construcción del poder, podemos decir que, además de lo dicho,
el concubinato y su relación con la herencia y sucesión, las redes clientelares, las
alianzas que realizaba la nobleza eran fundamentales en la Edad Media. Así, la nobleza
buscaba instalarse y expandirse. Estos vínculos se construían, como mencionamos, con
el fin de obtener poder. Poly y Bournazel (1983) afirman que en la Edad Media la
nobleza no se hacía con la riqueza, el poder o la sabiduría, sino que lo que hacía a la
nobleza, lo que la diferenciaba del resto de los sectores sociales, era su carácter
hereditario y, por consiguiente, la unión con aquellos que reunían este carácter, que eran
de sangre pura. En efecto, la nobleza se regía por la intensidad en las relaciones con
nobles bajo una escalonada jerárquica. Esto se relaciona con lo dicho en el párrafo
anterior: la importancia de las alianzas. Estos autores sostienen que “las personas se
califican de ‘muy noble entre los más nobles’, ‘no el ínfimo entre los nobles', de igual
nobleza’ o ‘de pequeña nobleza’. La nobleza posee, pues, una intensidad: su brillo
depende de las alianzas” (94). Está claro en la cita que la nobleza buscaba relacionarse
con otros miembros de ella con el objetivo de acrecentar su poder. La mejor manera de
hacerlo era a través de los matrimonios. Estos, desde ya, servían para consolidarse en el
poder; por otra parte, las uniones ilegítimas o los casamientos desiguales podían
degradar la nobleza. Los nobles buscaban, con la elección de sus esposas y esposos,
aumentar o mantener la intensidad o el brillo de su propia nobleza. Esta cuestión se ve
reflejada en los nombres que llevan los nobles, que, por un lado, manifiestan la
pertenencia a la nobleza y a una determinada familia, y la portabilidad de sangre pura y,
por el otro, construyen la memoria de los antepasados que llevaron el nombre,
volviendo a las raíces más prestigiosas de la ascendencia. Duby (en Poly y Bournazel,
1983: 95) afirma que “la selección de nombres es paralela para los nobles a la de las
alianzas; una se deriva de la otra”. Esto significa que, gracias a las alianzas, los vínculos
y las redes clientelares, la nobleza aumentaba su poder y así su intensidad, y esto se
manifestaba en los nombres.
Poly y Bournazel se refieren, en relación con la construcción del poder, a la importancia
del linaje, pues el parentesco juega un papel fundamental en esta construcción. Es
justamente por esto que vemos a los nobles muy ocupados en alianzas y uniones. Los
autores afirman que que la nobleza es una clase social basada en el parentesco, que
reúne su poder bajo la protección de la realeza. Son familias pertenecientes a un linaje y
una genealogía específicos, por nacimiento, es decir, por herencia o por adopción, que
se pasan entre ellas los honores. El grado de poder que tienen, y aquí juega la estrategia
que llevan a cabo para obtenerlo y conservarlo, se mide por su proximidad al trono o,
mejor dicho, por su cercanía al rey, en cuanto a la descendencia (Poly y Bournazel: 96).
Las familias nobles se adentran así en un juego de alianzas matrimoniales que las
introduce en el ensamblaje político. Aquí se ve la importancia de la pertenencia al linaje
y el porqué de querer formar parte de él, por medio de las uniones. El rey es el árbitro
en este juego político de poder. Él mantiene el equilibrio y la intensidad del linaje. Esto
significa que, en la búsqueda de más nobleza y poder, el rey es reconocido como el más
noble, el que permite con su alianza el más grande enriquecimiento de la sangre. Es por
ello que, para construir su poder, la nobleza buscaba, como dijimos, unirse a su
descendencia más cercana, teniendo en cuenta lo siguiente: cuánto más cerca de él, más
poder y más pureza de sangre.
La sucesión del rey, signo del poder y la nobleza, como venimos diciendo, era una
cuestión compleja en la sociedad medieval. Como dijimos líneas atrás, el sistema de
linaje agnático establecía que, al fallecer el rey, era su hijo varón quien subía al trono.
Ahora bien, el heredero debía ser hijo legítimo y no bastardo. Esto, como mencionamos,
establecía que no era necesaria la primogenitura, pero sí la masculinidad y la pureza de
sangre, es decir, la legitimidad. La cuestión se complicaba cuando el heredero era
menor, y debían concederle tutores que lo criaran y se encargaran de la tarea política.
Esta no era una cuestión sencilla, ya que muchos buscaban acercarse de manera
interesada, con la finalidad de obtener poder.
Weiler (2007) afirma que en la sociedad medieval había una tendencia a postular al
trono al primogénito, donde el hijo mayor varón heredaba todas las posesiones del rey
anterior. Pero, en algunos casos, los reyes morían sin dejar descendencia masculina o
los herederos eran niños, como en el caso de las fuentes en cuestión. En estas
situaciones, surgía la duda de cómo había qué elegir a un nuevo monarca.
Generalmente, los pretendientes alternativos al trono eran miembros de la familia del
rey, de su linaje, o miembros de su casa real a través del matrimonio. Esta cuestión,
como dice Weiler (2007: 112), generaba malestar entre la nobleza, en cuanto a quién
llenaría el vacío de poder.
Para finalizar este breve esbozo introductorio sobre la construcción de poder,
consideramos necesario abordar un tema que se encuentra presente en las fuentes y que
luego desarrollaremos en profundidad al hablar sobre ellas: los oficios de la casa real, la
mesnada, y su importancia en la monarquía. Weiler, por un lado, y Poly y Bournazel,
por otro, sostienen que la nobleza buscaba posicionarse en cercanía al rey para construir
y consolidar su poder y, al mismo tiempo, el rey tomaba consejo de los nobles. La
escucha y el asesoramiento que su grupo de nobles consejeros le brindaba al monarca
era fundamental. Tal es así que los consejeros eran quienes pagaban por los errores
políticos. Él rey tenía su mesnada, que era su grupo de nobles de la casa nobiliaria, que
desempeñaban sus oficios a servicio del rey, como camareros, maires, capellanes, etc.
Este aspecto es importante mencionarlo, en primer lugar, porque era una forma se
construcción de poder de la nobleza, y, en segundo, porque aparece en una de las
fuentes que abordaremos más adelante.
Pasamos ahora a hablar sobre las fuentes, en las que vemos una notoria presencia de las
mujeres. De ellas y sus roles, hablaremos con mayor profundidad en el segundo
apartado de este trabajo. Aquí nos focalizaremos en cómo la mujer construye poder.
Es necesario aclarar que no fue el período mencionado un tiempo fácil para las mujeres.
Lo hemos visto líneas atrás cuando explicábamos el tema de la sucesión. Las mujeres no
eran tenidas en cuenta a la hora de ocupar el trono, sino sólo como compañeras de los
reyes en condición de consorte. Sólo unas pocas mujeres, como fue el caso de la reina
Urraca, caso estudiado por Lagunas (2013), han ascendido al trono, convirtiéndose en
reinas absolutas.
En la Edad Media, podemos distinguir, en lo que respecta a las mujeres de la realeza, a
las reinas y las concubinas. Éstas últimas, como dijimos antes, eran mujeres que se
unían a los reyes sin pasar por el matrimonio. De esta manera, se consolidaban en el
linaje, en la casa real y, por lo tanto, en el poder. Esta condición no era bien vista por
algunos sectores de la sociedad, como la Iglesia, por considerarse una herramienta para
lograr la procreación y así asegurarse la descendencia. Además, el concubinato
generaba recelo entre los hijos legítimos, fruto de una unión matrimonial, y los
bastardos, fruto de concubinato. Un caso conocido de esta disputa, generalmente por
cuestiones sucesorias, lo vemos protagonizado por la mujer que aparece en la primera
fuente, Leonor de Guzmán. Unida ésta en concubinato con Alfonso XI de Castilla, ha
tenido once hijos. Alfonso, con su esposa absoluta, la reina María de Portugal, ha tenido
como hijo a Pedro I, llamado el cruel. El conflicto entre los hijos se desató, como era de
esperarse, con la muerte del rey.
La mujer que se unía en concubinato era ilegítima y no contaba con protección legal ni
poder tras muerte del rey. Esto se ve reflejado en la fuente. En cuanto a las reinas,
quienes eran tomadas por esposas absolutas, podemos decir que gozaban de poder y
legitimidad, a la vez que aseguraban a sus hijos en la sucesión real, como veremos más
adelante a partir de la fuente. El matrimonio implicaba el consentimiento y la dote, a
diferencia del concubinato, para legitimar los derechos de los herederos. La unión en
matrimonio era estable pero no indisoluble. Tras la muerte de la esposa absoluta o de su
divorcio, el rey no solía casarse nuevamente, sino recurrir al concubinato, que podía
darse durante el matrimonio. Las reinas, afirma Weiler (114), ejercían un papel de
mensajeras de paz en el reino. No tenían la facultad de gobernar, ya que eran capaces de
ejercer el poder sólo a través de los hombres. La reina aconsejaba al rey y desempeñaba
un papel de intercesora entre el rey y sus adversarios, mediando siempre para alcanzar
acuerdos a través de su función diplomática. Las reinas solían ejercer un rol importante
en el patrocinio religioso, la educación y el entrenamiento de los hijos herederos al
trono. De esta manera, las reinas establecían un puente, en lo que respecta a valores y
tradiciones reales, entre los antepasados y sus hijos.
En reiteradas ocasiones, la reina, tras un divorcio, era enviada junto a su séquito a
monasterios, que se habían convertido en refugios. Allí, se daba acogida a las esposas
repudiadas y muchas ingresaban en ellos disfrazando el deseo de pedir el divorcio
(Stafford, 2007: 122).
En una de las fuentes, la crónica del rey Don Pedro, vemos a Leonor de Guzmán,
concubina del rey Alfonso XI, depositando el cuerpo difunto de éste en la Iglesia Mayor
de Santa Marca de Sevillano. Observamos que salieron a recibir el cuerpo del rey su
esposa absoluta, la reina María de Portugal y su hijo legítimo y sucesor al trono, Don
Pedro. Con la reina, Leonor mantenía una relación de enemistad, por tratarse de una
reina y una concubina. Al morir el rey, vemos a Leonor querer afianzarse en el poder
para conservar su lugar en la casa real. Esta no fue una empresa fácil para ella ni sus
hijos, pues estaba en situación de ilegitimidad.
Unos de los aspectos negativos del concubinato era la carencia de protección legal, la
incapacidad de heredar el trono y la falta de poder de la mujer y sus hijos tras la muerte
del rey. Vemos en la fuente de Don Pedro, que Leonor de Guzmán, muerto el rey
Alfonso, busca posicionarse en la casa real. Durante su concubinato, ha tenido un gran
poder, por su cercanía al rey. Ahora, muerto el rey, ese poder se desmorona. Leonor
trata de aliarse con los nobles para consolidar el poder, pero la nobleza, tejiendo por su
parte otras alianzas, le da la espalda.
El concubinato, según Stafford (102), podía ser prolongado, durar muchos años, dando
algún tipo de protección a la concubina y a los hijos. Pero, al morir el rey con el cual la
concubina estaba unida, ella y sus hijos no contaban con ningún tipo de protección,
legitimidad ni autoridad, y los hijos no eran herederos directos, por lo cual no tenían
oportunidad de subir al trono. Esto sucedió con Leonor y sus hijos tras la muerte de
Alfonso. Párrafos atrás, veíamos como Poly y Bournazel sostenían que las alianzas eran
el brillo de la nobleza. Para Leonor de Guzmán, supieron serlo en su tiempo de
concubinato. Al morir el rey y perder esa condición, queda sin nada. Las alianzas que
tejió con la nobleza no le sirven. No le dan poder, ni legitimidad. Según podemos ver en
la fuente, Leonor comprende el abandono cuando Don Alfonso Ferrández Coronel le
dice que no tendrá relación con ella ni sus hijos, ya que se había aliado con Don
Alburquerque, muy cercano a la reina, enemiga de Leonor.
Paralelamente, vemos en la fuente como muchos nobles se establecieron en el poder,
formando parte de la mesnada del rey, que ahora es Pedro, por medio de oficios. Nos
dice la fuente que se ubicaron en el servicio al rey, en los oficios de alférez mayor,
mayordomo, y demás. Esto nos demuestra, aparte de lo relacionado con Leonor, cómo
los nobles se acercaron al rey formando parte de la casa real, como estrategia para la
construcción de poder.
La segunda fuente, la crónica del rey Don Enrique III, nos muestra una situación
relacionada con la nobleza y su construcción de poder. En este caso, la protagonista es
una reina madre, Catalina de Lancaster. Su esposo, Enrique III el doliente, ha fallecido
y, con este acontecimiento, aparece la disputa acerca de qué pasará con su hijo Juan, el
único heredero, que era menor de edad. Catalina y su cuñado, el infante Fernando,
buscaban quedarse con la crianza del niño oponiéndose fervientemente a lo establecido
en el testamento del difunto rey Don Enrique. Este daba la crianza del niño a dos nobles
de confianza, Velasco y Destúñiga, que actuarían en calidad de tutores, hasta los catorce
años. Tener el niño rey con ella, era, para Catalina, muy favorable y oportuno. Desde lo
afectivo, consideraba necesario tener a su hijo con ella. Desde lo político, también era
muy beneficioso, pues tener al hijo heredero bajo su crianza y tutela significaba
protección para ella y legitimidad en la casa real y la convertía en regente del reino. Con
el rey a su cargo, la reina se aseguraba el poder, que solo se ejercía, como dijimos, por
medio de parientes varones. Según Weiler, la reina, al carecer de marido o actuar de
regente de sus hijos, como en el caso de Catalina, asumía una posición importante en el
reino y tenía legitimidad dinástica sobre el sucesor al trono (Weiler, 113,114).
Para lograr su objetivo, la reina Catalina negoció pagar doce florines a los nobles a los
que Enrique por medio del testamento encomendó a su hijo. De esta manera, el rey Juan
quedó bajo crianza de su madre y su tío, el infante Fernando. La reina Catalina había
logrado con esta maniobra tener a su hijo a su cargo y, por lo tanto, consolidar su poder
y legitimarse ante la casa real, en contraposición a lo sucedido con Leonor de Guzmán.
Esta situación también nos demuestra algo de lo que hablamos anteriormente: la
importancia de la primogenitura y la masculinidad en la sucesión al trono; sobre todo de
esta última sobre la primera, pues Juan tenía hermanas mayores. Sin embargo, fiel al
sistema medieval, como eran mujeres, se pensó en él para suceder a su padre, a pesar de
su corta edad.
La última fuente, la crónica del rey Don Juan II, pone en escena nuevamente a la reina
madre Doña Catalina de Lancaster. Según esta crónica, la mala influencia que tiene la
reina le trae problemas al reino. Esta mala influencia tiene nombre y apellido y
corresponde a una dama de la nobleza, Leonor López, que se acercó a la reina para
guiarla en lo relacionado a lo económico y al tesoro real. Aquí vemos cómo Leonor
López construyó su poder y se consolidó en él acercándose a la reina, haciendo las
veces de consejera o asesora, estableciéndose en la casa nobiliaria a partir de su
ascendencia sobre la monarquía. Vemos en estas tres fuentes trabajadas cómo las
mujeres pertenecientes a la nobleza, concubina, reina y dama, buscan a su manera y en
situaciones específicas, construir el poder, consolidarlo y conservarlo.
b) El rol de la mujer noble en la Edad Media 1
Sin dudas y como ya dijimos en el primer apartado, la situación de la mujer durante toda
la Edad Media no fue la más ventajosa de todas, si la comparamos con la del hombre;
como afirma Weiler (2007: 113), en este período “ser hombre ayudaba mucho”. Ya
desde la época de las invasiones germánicas vemos que la mujer estaba en un escenario
desfavorable, como, por ejemplo, en relación con la herencia, pues no tenían derecho a
heredar bienes familiares (Lagunas, 2013: 306). Sin embargo, esto no significa que, de
una forma u otra, no hayan ejercido el poder.
Stafford (2007) trata sobre las funciones de la esposa del monarca en el reino franco en
el período merovingio y carolingio, destacando categorías como: matrimonio,
concubinato, monogamia, monogamia serial, poligamia, divorcio, infertilidad y
alumbramiento. Volvamos a pasar revista brevemente a algunas de ellas que
aplicaremos en nuestro análisis. La finalidad más habitual del matrimonio es generar
herederos y en términos generales crear derechos de propiedad y herencia para los hijos
(Stafford, 2007: 101). Además de producir la siguiente generación, reproducir el orden
social y la estructura económica, el matrimonio daba seguridad a la esposa e hijos. El
matrimonio era acompañado de ceremonia para dar publicidad tanto a la dote como al
consentimiento. El concubinato, en cambio, entraba en la esfera de lo privado y era una
relación sexual sin protección legal para la mujer y sus hijos. En este punto es necesario
aclarar que la Iglesia condenaba el concubinato, pues era contraria a sus ideas de
monogamia para toda la vida (Stafford, 2007: 102-3). Si bien en la época carolingia la
distinción entre concubina y esposa legítima entraba a veces en una zona gris, esto fue,
con la acción de la Iglesia, aclarándose a medida que transcurre el tiempo, es decir, la
condena del concubinato por parte de la Iglesia fue tornándose cada vez más fuerte,
aunque siempre podemos encontrar excepciones, orientadas sin duda por intereses. Por
otro lado, la ilegitimidad era el argumento esgrimido la mayoría de las veces para dejar
fuera de la sucesión a los hijos de las concubinas. Sin embargo, estos podían revindicar
su derecho a la herencia a partir de la consanguinidad. Aunque este sea el panorama
general, hay que analizar caso por caso, pues las luchas por la sucesión dependían
muchas veces de la buena fortuna de las alianzas con otros nobles, es decir, del éxito por
parte de los hijos ilegítimos en conseguir apoyo de algunos sectores de la nobleza. Sin
dudas, el negociar y tejer alianzas con los poderosos era un rol esencial de las mujeres
del rey y de las madres de los vástagos producto de esa unión, sean concubinas, como
Leonor de Guzmán, o sean esposas legítimas, como la reina Doña Catalina.
Una de las fuentes, la crónica del rey Don Pedro, relata en el año1350 la muerte del
padre de este, el rey Alfonso XI. Es aquí donde vemos a Leonor de Guzmán, concubina
de este último, tratando de afianzarse en el poder. Como dijimos, al ser concubina sus
hijos eran ilegítimos y, por lo tanto, no eran herederos directos del reino. Por otro lado,
Leonor se había ganado la enemistad no solo de la reina, María de Portugal, esposa
legítima del rey, que le había dado un vástago, Don Pedro, sino de gran parte de la
corte, que fue relegada. Esta especie de confinamiento a que se vio sometido este sector
de la nobleza, por un lado, y el beneficio de las familias nobles cercanas a Leonor, por
otro, se deben a la habilidad de la concubina Leonor para disputar y ganar un lugar
1 En este segundo apartado volveremos sobre algunas ideas ya mencionadas en el primero, sobre todo, en
lo que respecta al lugar y función de la mujer, cuya presencia es evidente en las fuentes trabajadas.
Optamos por esta estrategia pues intentamos darle a cada una de las secciones cierta autonomía temática
y, al mismo tiempo, mostrar cómo se relaciona la construcción del poder con el rol de la mujer noble en la
Edad Media.
mucho más próximo al rey que la propia esposa, María de Portugal. Ciertamente,
debemos atribuir esta posición privilegiada dentro del ámbito de la domesticidad regia a
la capacidad de Leonor, que le permitió ejercer influencia sobre el rey en su propio (de
Leonor) beneficio y en el de los suyos, nobles que de a poco fue introduciendo en la
casa real.
Según Weiler (2007: 113), “las reinas solían asumir una posición prominente sólo
cuando carecían de marido y cuando actuaban como regentes de sus propios hijos o
cuando el matrimonio les confería legitimidad dinástica sobre el que accedía al trono”.
Sin embargo, no debemos olvidar la situación conyugal de Leonor: concubina. Es por
eso que la fuente nos la muestra tratando de tejer alianzas con los nobles, por ejemplo,
con Don Alfonso Ferrandez Coronel. Pero este ya había entrado en relación con Don
Juan Alfonso de Alburquerque, favorito de la reina María y de su hijo Juan. Aquí se ve
como Leonor va quedando en una situación de desamparo en relación con los nobles
que antes “la amaban servir”. El peso de la ilegitimidad de la relación conyugal con el
rey y las alianzas entre los nobles por fuera del círculo de Leonor hicieron que quedase
sola, como bien nos dice la crónica: desamparada. Todo lo que había construido durante
más de veinte años por su gran ascendiente sobre el rey se desmoronó en poco tiempo y
al año siguiente, en 1351, terminaría muerta en la prisión de Talavera de la Reina.
Los fragmentos de la crónica del rey Don Enrique III en el año de su muerte, 1406,
ponen en escena otra mujer: la reina Catalina de Lancaster, viuda de aquél. Aquí no
tenemos a una concubina, como en el caso anterior, sino a una reina legítima. Y reina
madre. La crónica nos la muestra, junto al Infante Fernando, su cuñado, tratando de
obtener la crianza de su hijo, el rey heredero de apenas un año frente a lo que dejaba por
escrito el testamento del rey, su difunto esposo: que la crianza del niño quede a mano de
dos nobles de confianza (Juan de Velazco y Diego López Destúñiga), hasta que llegue a
los catorce años. La reina luchó denodadamente para conseguir la crianza de su hijo,
heredero al trono, lo cual, según el cronista, “parecía ser cosa muy razonable”. A través
de una intensa negociación, la reina tuvo éxito y consiguió finalmente la crianza del
futuro rey: hubo de pagar a los dos nobles 12 mil florines de oro, para que “dejasen su
porfía”. Huelga decir que la crianza del niño rey era un elemento de protección de la
reina y un elemento más para afianzar la legitimidad de su posición en la casa real, ya
que, según Weiler (2007: 114), “las mujeres eran consideradas capaces de ejercer el
poder solamente a través o en nombre de sus parientes varones”. Con esta maniobra
política, la reina era todo: “criadora” del rey, tutora, regente, gobernadora de los reinos,
hasta que el rey cumpla sus catorce años.
Asimismo, esta crónica nos muestra el lugar complejo, es decir, desfavorable, que tenía
la mujer en este período, pues, teniendo el rey Don Enrique III dos hijas mayores que
Juan, la infanta Doña María, nacida en 1401, y la infanta Doña Catalina, nacida en
1403, el que hereda el reino es Don Juan, nacido en 1405. Aquí vemos como la
primogenitura solo tenía valor si era aplicada a los varones. Por lo tanto, como dijimos
en el primer apartado de este trabajo, el principio de masculinidad prevalece sobre el de
la primogenitura.
Por otro lado, en la crónica del rey Don Juan II, vemos a la reina madre Doña Catalina
muy celosa del tesoro del rey, su hijo. En efecto, el cronista relata la concesión que la
reina hacer al pedido del Infante Fernando, su cuñado, cuando le solicita dineros “para
pagar el sueldo que era debido”. La reina, reticente, acepta el pedido, pero con la
condición de que la misma cantidad que presta, 20 cuentos, le sea devuelta, una vez
cobradas las rentas de los reinos que gobierna.
También vemos en la misma crónica a otra mujer, dama de la casa real, Leonor López,
quien, según se afirma allí, tenía mucha influencia sobre la reina, a tal punto de que esta
última nada hacía sin su consentimiento y consejo. Esto produjo mucha “turbación” y
“mengua de justicia” en los reinos que caían bajo el dominio de la reina Doña Catalina.
El cronista atribuye estos problemas a los malos servidores que rodean a la reina y al
infante Fernando; aquí, desde ya, tendríamos que interpretar “malos servidores” como
Leonor López.
Más allá de esta cuestión, tenemos que notar cómo otra vez una mujer toma parte
directa o indirectamente en la administración del reino a través de la influencia o
ascendencia sobre el monarca o, en este caso, sobre la reina, Doña Catalina. Decimos
“otra vez”, pues ya vimos el caso de la influencia de Leonor de Guzmán sobre Alfonso
XI.
Así, en relación con los roles que las mujeres de la nobleza desempeñaron a lo largo de
la Edad Media, las fuentes nos muestran a reinas, concubinas y damas de la casa real
tutelando y criando al futuro rey, cumpliendo su papel de regente del reino, negociando
y estableciendo pactos y alianzas con ciertos sectores de la nobleza en favor de sus
propios intereses y de los de sus hijos, buscando apoyo en otros nobles, influyendo en el
monarca o en la misma reina en busca de situaciones favorables para ellas y sus
parientes y su partido y, desde ya, gobernando reinos.
Vemos también cómo, a pesar de los destinos de las viudas –una concubina, la otra
esposa legítima– ser diferentes, las fuentes nos muestran la situación precaria en que se
encontraba la mujer en el período estudiado. No obstante, si bien en un mundo de
hombres regido por principios masculinos, algunas mujeres de la nobleza han ejercido
el poder de muchas formas, es decir, han sido sujetos de empoderamiento, participando
de modo activo en la política.
Artículo de Luciano Medina y Martín de Brum sobre análisis de fuentes, no presentes en esta publicación.
Referencias bibliográficas
Beceiro Pita, I. y Córdoba de la LLave, R. (1990). “Formación y evolución de las
estructuras de linaje en el reino castellano”. En: Parentesco, poder y mentalidad. La
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Poly, J-P. y Bournazel, É. (1983). “Nobles y caballeros” y “Jerarquía celeste. Jerarquía
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Weiler, B. (2007). “Política”. En: Power, D., El cenit de la Edad Media. Barcelona,
Crítica, 106-135.

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