Pensar a Rosas. Redescubriendo al Restaurador de Leyes


Juan Manuel de Rosas es uno de los personajes más controversiales de la historia argentina y eso es lo que vuelve apasionante sumergirse en su estudio. Como pasa con personajes de su misma característica, es necesario conocerlo, explicarlo, abordarlo en contexto, para poder comprenderlRosas para 1828 era jefe de milicias de la Campaña de la Provincia de Buenos Aires. Hombre de campo, estanciero, terrateniente, dueño de grandes extensiones de tierra y de numerosos animales. Luego de haber coqueteado con Rivadavia, icono de los unitarios Rosas tomo partido por el federalismo, conciente del apoyo popular que eso le generaría, defendiendo la autonomía de las provincias frente al centralismo que Buenos Aires venia manteniendo hace años. En esta corriente se afianzo, en una época difícil para el país, sumergido en un contexto social y político sumamente tenso, atravesado por una guerra civil, con fuerza en el interior. En 1828, en este contexto, el avance del general unitario Juan G. Lavalle complico aun más las cosas en Buenos Aires, porque quería imponer un gobierno centralista. Entonces, aprovechó la mala imagen del gobernador de entonces, el federal M. Borrego, adquirida tras una cuestionable política respecto a Brasil y Uruguay, y lo derroco del gobierno para luego fusilarlo sin juicio previo. La muerte de Dorrego y el posterior gobierno provisional de Lavalle significó un duro golpe al proyecto federal y recrudeció la guerra civil preexistente. En esta situación, Rosas, junto a los caudillos federales F. Quiroga y E. López, se enfrentaron duramente con Lavalle y lo vencieron en la batalla de Puente de Márquez, en 1829. Al poco tiempo, Rosas se reunió con Lavalle en su estancia La Caledonia, en Cañuelas, donde se cree que nació el dulce de leche argentino, y firmaron el acuerdo de Cañuelas, en que se sello la paz. El acuerdo fracaso, y al poco tiempo se firmo el de Barracas, el cual prospero, y se basaba en proponer a J. Viamonte para encabezar el gobierno bonaerense.

El gobierno interino de Viamonte estuvo atravesado por un clima social muy desfavorable que iba en aumento y al cual el gobernador no pudo controlar. En este contexto, la Sala de Representantes Porteña eligió gobernador de Buenos Aires a Juan Manuel de Rosas, reconociendo su merito en la resolución del conflicto con Lavalle. Rosas llego al gobierno el 1 de Diciembre de 1829, justo un año después del levantamiento contra Dorrego, lo cual cobró un significado muy especial. Conciente de la situación, la Sala le otorgó a Rosas la suma del poder público, es decir, la facultad para decidir y suprimir garantías en pos de garantizar la paz social, lo que le dio al gobernador un poder absoluto.

Tras asumir, Rosas entendió que era necesario un gobierno fuerte y sólido para ordenar la situación, y uso a pleno la suma del poder publico, traduciéndose  esto en gobernar por encima de garantías y libertades individuales, censurando la libre expresión política en pos de contener el desorden y devolver la paz social, tan vapuleada. Por todo esto se conoce a Rosas como el Restaurador de Leyes, ya que no existía una constitución por entonces, y entonces el gobernador restauró la antigua ley colonial para poder alcanzar el orden y frenar lo que estaba ocurriendo en el país y que parecía no poder detenerse.

Rosas se presento inicialmente como un defensor de la causa federal y el continuador del proyecto de Dorrego, truncado por la Revolución Decembrina de Lavalle (esta denominación de debe al mes en que ocurrió). Apenas asumió, se encargo de trasladar el cuerpo de Borrego desde Navarro, donde fue asesinado, hacia la Ciudad de Buenos Aires, en una emotiva ceremonia donde pronuncio un discurso corto pero profundo, reivindicando a Borrego y condenando a los decembrinos, en el marco de un funeral importante que culmino en la Catedral Metropolitana, en la actual Plaza de Mayo. Para los historiadores R. Fradkin y J. Gelman, esto se trato de una estrategia política en la que Rosas usaba la memoria de Borrego para mostrarse continuador de su causa y ganar apoyo popular. Inmerso en este contexto tan particular Rosas dio inicio a un gobierno, que como vimos, se presentó como federal pero que en la práctica, como afirman muchos historiadores, se trato de un gobierno con hegemonía en Buenos Aires. Lo que si, ideológicamente Rosas insistió en que se conciba su gobierno como federal y llamo a sus seguidores a oponerse fervientemente al sector opositor, el de los unitarios, a los que llamaba a dar muerte, y no en sentido metafórico. Este enfrentamiento atravesó sus dos gobiernos y se trató de una de nuestras primeras grietas.

Así transcurrió su primer gobierno, entre disputas, intento de devolver el orden, y una forma de hacer política basada en el rigor. En 1932 termino su primer mandato y en 1933 encabezó una gran expedición al desierto, donde busco negociar con los indígenas acerca de los limites y fronteras de la provincia de Buenos Aires con el fin de garantizar seguridad y beneficiar así a los sectores terratenientes, de quienes obtenía un gran apoyo. Mientras tanto, lo sucedió J. Balcarce. Pero pronto las cosas se empezaron a tornar complicadas porque el flamante gobernador no comulgaba con la causa rosista. Y en esta circunstancia se dio la Revolución de los Restauradores, en donde tuvo un rol clave su esposa Encarnación Ezcurra. Aquí de derroco a Balcarce, en pleno conflicto interno del federalismo entre los federales apostólicos (rosistas) y los cismáticos (opositores).

El interregno entre los dos gobiernos rosistas fue muy duro. Otra vez, en 1932 la situación esta sumamente tensa. En el interior se desataba una fuerte guerra civil, los caudillo federales y las fuerzas unitarias, en las que jugo un rol clave el General Paz, no se daban tregua, mientras que la violencia, la sangre y los derrocamientos eran moneda corriente. Mientras que el General Paz conforma la Liga del Interior (unitaria), las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires presiona tras el Pacto Federal de 1831. La Sala de Representantes advierte esta situación tensa en todo la Confederación, nombre de nuestro actual país desde 1831. Los gobernadores que sucedieron a Balcarce, J. Viamonte y M. Maza, no pudieron controlarla y el clima social se va poniendo cada vez mas oscuro. La Sala le ofrece varias veces a Rosas un nuevo mandato pero este se niega porque la propuesta no incluye las facultades extraordinarias del primer mandato, y considera inútil gobernar sin ellas. En febrero de 1835, el caudillo F, Quiroga, cercano a Rosas, es asesinado en medio de un viaje al interior encargado por este para apaciguar la situación. Este hecho parece desbordar el vaso y la Sala ofrece nuevamente la gobernación a Rosas, esta vez, con las facultades extraordinarias contempladas. Entonces, Rosas acepta. Se convierte así en gobernador de Buenos Aires por segunda vez. Las facultades eran pedidas por Rosas para poder gobernar por encima de las libertades y garantías individuales, siempre en pos de restaurar el orden social quebrado. Pero, este mecanismo es al menos debatible, y en su momento despertó enorme oposición entre varios sectores, principalmente el de los intelectuales, que formaron el grupo anti rosista conocido como Generación del 37. Ellos consideraban a Rosas un tirano y un asesino. Rosas entendía que los opositores eran una amenaza para su proyecto de restauración de la Confederación. Entonces, procurò reunir mucho apoyo popular, y lo hizo a partir de la construcción de un culto a su persona. Su imagen aparecía en prendas de vestir, vajilla, monedas, manteles, y hasta en las iglesias se colocaba un cuadro con su rostro en los altares. Además, y signo de este culto, se obligaba a los seguidores a colocarse en el pecho la famosa divisa punzó, de fuerte color rojo y que rezaba, “Viva el restaurador. Viva la confederación. Mueran los salvajes unitarios”, muy claro el mensaje por cierto. El trato a los opositores no escatimaba en violencia. Muchos se exiliaron y muchos otros eran perseguidos y asesinados por la Mazorca, que era el brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora, organización fundada por E. Ezcurra y que sostenía políticamente a Rosas.

Vemos entonces que Rosas entendía que para garantizar el orden publico y la paz social, gravemente dañados, era necesario imponerse cono un líder autoritario al que se debía obedecer y al que oponerse era sinónimo de peligro a esa paz que el venia a restaurar. Por supuesto que la historia no se analiza con juicios básicos ni con miradas del presente, que gracias a Dios ha evolucionado. Personajes de este tipo nos invitan a conocer la manera de manejarse que han tenido nuestros compatriotas del tiempo pasado, y a su vez conocer el camino que une ese pasado con nuestro presente para proyectar un futuro, siempre desde el pasado, que es más rico y útil de lo que pensamos.

Rosas es el personaje perfecto para abordar así nuestra historia, porque hizo política de la manera en que entendió que debía hacerlo, cuando las muertes por cuestiones políticas eran cosa de todos los días. Por supuesto que muchos de sus métodos y mecanismo, en nuestra sociedad actual, todavía en construcción, son condenables, y muchos debatibles, pero el hombre es producto de su historia y de su época. Rosas ha encabezado un gobierno en Buenos Aires en tiempos muy complicados. Luego de la “feliz experiencia” de M. Rodríguez y B. Rivadavia, la guerra con Brasil, el conflicto con Uruguay, la muerte de Borrego, dos proyectos de país en pugna permanente, el orden social resquebrajado, la amenaza externa. Todo eso atravesó la Época de Rosas y lo forjo en su ser político y en su hacer como gobernador. Es oportuno destacar que en su gobierno tuvo varios conflictos exteriores serios: la guerra con la Confederación Peruano-Boliviana (1837-1839), el bloqueo francés (1838-1840), el bloqueo anglo-francés (1845-1850) en el que se da la Batalla de la Vuelta de Obligado, entre otros. Estos conflictos impactaron en el gobierno de Rosas. Como gobernador de Buenos Aires, este era el encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, por lo que se vio al frente de la resolución de estos conflictos. Su política exterior es valorada por muchos historiadores por su defensa de la Soberanía Nacional, reflejada en la resolución de estos conflictos y en la Ley de Aduana de 1835 que protegía la producción local frente a la extranjera.

Rosas fue todo eso en sus gobiernos. Orden, censura, persecución, muerte, culto a su persona, defensa nacional, impulso a la producción local y al comercio, y demás. Envuelto otra vez en un tenso clima social, es derrotado por el caudillo entrerriano J. J. de Urquiza en la Batalla de Caseros en 1852, con la fuerza del Ejercito Grande. Derrotado y herido, abandona todas sus propiedades y se marcha rumbo al Reino Unido. Muere en la ciudad de Southampton luego de duros juicios que se le hacían en Buenos Aires por lo acontecido en sus gobiernos.

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